
Estuve el fin de semana pasado en Granada en uno de mis pocos fines de semana dedicados a la “descompresión”. Cenar el sábado en Granada y el domingo hacer una excursión en la que soltar la tensión y la adrenalina acumuladas.
Lo he pasado bien, peroooo (siempre hay un pero) lo hubiese pasado mejor si no fuese por que me pongo a observar. Resulta que cuando desconecto de todo, es como si el tiempo se ralentizara y además de hablar y de escuchar, me diera tiempo a mirar y a percibir.
Y esto que dicho así suena como algo normal (todos percibimos y todos miramos) en mí, se convierte en una putada. De algún modo, percibo “¿demasiado?” No sé bien como explicarlo, pero alguien me está hablando y su expresión corporal, su tono de voz y algo más, que no se que es. Me hablan de otra cosa o contradicen lo que estoy escuchando en ese instante.
Y no es mi intención juzgarle, pero noto que esa persona que esta allí cenando conmigo, en realidad no está, solo está su cuerpo, su mente, está en sus problemas, en sus miedos y ansiedades. Habla mecánicamente sobre su trabajo y sus relaciones como si hubiese repetido mil veces las mismas frases, mientras su mente parece estar lejos de allí.
Por un momento tengo la sensación de estar frente a un televisor. No puedo contactar con la persona que tengo delante, es una especie de monologo en el que ambos participamos. En un momento dado toco su brazo y le miro a los ojos sin decir nada. Intentando que por alguna desconocida regla de tres, se cree un vínculo que nos permita iniciar un verdadero intercambio.
Pero evidentemente no funciono y la noche siguió tan superficial y fría, que en algún momento me pregunte por que estaba mi acompañante allí conmigo. ¿Acaso no tenia nada mejor en que perder el tiempo?
Dormí poco y mal, menos mal que la caminata no fue dura y pude llegar pronto a casa.
Por cierto la vereda del Genil en otoño es un lujo para los sentidos.
Lo he pasado bien, peroooo (siempre hay un pero) lo hubiese pasado mejor si no fuese por que me pongo a observar. Resulta que cuando desconecto de todo, es como si el tiempo se ralentizara y además de hablar y de escuchar, me diera tiempo a mirar y a percibir.
Y esto que dicho así suena como algo normal (todos percibimos y todos miramos) en mí, se convierte en una putada. De algún modo, percibo “¿demasiado?” No sé bien como explicarlo, pero alguien me está hablando y su expresión corporal, su tono de voz y algo más, que no se que es. Me hablan de otra cosa o contradicen lo que estoy escuchando en ese instante.
Y no es mi intención juzgarle, pero noto que esa persona que esta allí cenando conmigo, en realidad no está, solo está su cuerpo, su mente, está en sus problemas, en sus miedos y ansiedades. Habla mecánicamente sobre su trabajo y sus relaciones como si hubiese repetido mil veces las mismas frases, mientras su mente parece estar lejos de allí.
Por un momento tengo la sensación de estar frente a un televisor. No puedo contactar con la persona que tengo delante, es una especie de monologo en el que ambos participamos. En un momento dado toco su brazo y le miro a los ojos sin decir nada. Intentando que por alguna desconocida regla de tres, se cree un vínculo que nos permita iniciar un verdadero intercambio.
Pero evidentemente no funciono y la noche siguió tan superficial y fría, que en algún momento me pregunte por que estaba mi acompañante allí conmigo. ¿Acaso no tenia nada mejor en que perder el tiempo?
Dormí poco y mal, menos mal que la caminata no fue dura y pude llegar pronto a casa.
Por cierto la vereda del Genil en otoño es un lujo para los sentidos.

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