jueves, 23 de octubre de 2008

antes del Genil



Estuve el fin de semana pasado en Granada en uno de mis pocos fines de semana dedicados a la “descompresión”. Cenar el sábado en Granada y el domingo hacer una excursión en la que soltar la tensión y la adrenalina acumuladas.

Lo he pasado bien, peroooo (siempre hay un pero) lo hubiese pasado mejor si no fuese por que me pongo a observar. Resulta que cuando desconecto de todo, es como si el tiempo se ralentizara y además de hablar y de escuchar, me diera tiempo a mirar y a percibir.

Y esto que dicho así suena como algo normal (todos percibimos y todos miramos) en mí, se convierte en una putada. De algún modo, percibo “¿demasiado?” No sé bien como explicarlo, pero alguien me está hablando y su expresión corporal, su tono de voz y algo más, que no se que es. Me hablan de otra cosa o contradicen lo que estoy escuchando en ese instante.

Y no es mi intención juzgarle, pero noto que esa persona que esta allí cenando conmigo, en realidad no está, solo está su cuerpo, su mente, está en sus problemas, en sus miedos y ansiedades. Habla mecánicamente sobre su trabajo y sus relaciones como si hubiese repetido mil veces las mismas frases, mientras su mente parece estar lejos de allí.

Por un momento tengo la sensación de estar frente a un televisor. No puedo contactar con la persona que tengo delante, es una especie de monologo en el que ambos participamos. En un momento dado toco su brazo y le miro a los ojos sin decir nada. Intentando que por alguna desconocida regla de tres, se cree un vínculo que nos permita iniciar un verdadero intercambio.

Pero evidentemente no funciono y la noche siguió tan superficial y fría, que en algún momento me pregunte por que estaba mi acompañante allí conmigo. ¿Acaso no tenia nada mejor en que perder el tiempo?

Dormí poco y mal, menos mal que la caminata no fue dura y pude llegar pronto a casa.

Por cierto la vereda del Genil en otoño es un lujo para los sentidos.

No hay comentarios: